En el marco del 8 de junio, Día Internacional de los Océanos, reafirmamos que para los Pueblos Indígenas los océanos no son un recurso ni una mercancía. Son territorio, memoria, cultura y espíritu. Son espacios vivos que cuidamos y defendemos porque en ellos se sostienen relaciones profundas con la vida, con la ancestralidad y con los sistemas de conocimiento que orientan nuestra existencia colectiva. Desde esta comprensión, el mar no puede ser reducido a una fuente de explotación ni a una superficie disponible para intereses económicos externos.
Para nosotros, los océanos son territorios ancestrales. No son solo agua. Son caminos de origen, espacios sagrados y territorios vivos. En ellos habitan fuerzas, memorias y relaciones que orientan la vida de los pueblos. Por eso nuestros vínculos con el mar no son comerciales. Son espirituales, culturales y políticos. Esa relación de respeto explica por qué no hablamos únicamente de uso o aprovechamiento, sino de cuidado, equilibrio y responsabilidad frente a la vida que allí se sostiene.
Los océanos tienen una importancia decisiva para el planeta. Cubren más del 70 % de la superficie de la Tierra, producen alrededor del 50 % del oxígeno que respiramos y son esenciales para la biodiversidad y para la alimentación y los medios de vida de más de 3.000 millones de personas. Por eso, cuando hablamos del océano, no hablamos de un asunto marginal. Hablamos de una base material y ecológica sin la cual no hay estabilidad climática, ni equilibrio planetario, ni futuro posible para la vida.
Sin embargo, esa vida está en riesgo. La contaminación, la explotación intensiva, la pesca indiscriminada, el calentamiento del océano y el deterioro acelerado de los ecosistemas marinos profundizan una crisis que ya tiene consecuencias globales. Las Naciones Unidas y la UNESCO han advertido que el océano enfrenta daños severos por la contaminación, la sobreexplotación y la crisis climática, mientras miles de millones de personas dependen directamente de su salud ecológica. Detrás de esta situación no hay hechos aislados. Hay un modelo que convierte la vida en mercancía y que pretende imponer el despojo en nombre del desarrollo.
Reiteramos que no se explota lo que se cuida. No se destruye lo que permite respirar, alimentarse y sostener la vida. No hay océanos vivos sin pueblos que los cuiden y defiendan. Por eso rechazamos las industrias extractivas y las formas de ocupación que arrasan territorios, contaminan la Madre Tierra y desplazan comunidades en nombre de una idea de progreso que desconoce derechos, autonomías y vínculos ancestrales con el mar. La protección de los océanos exige reconocer que son territorios de vida y que su defensa pasa por respetar a los pueblos que históricamente han sostenido relaciones de cuidado con ellos.
Desde este día reafirmamos que defender los océanos también es defender los territorios, la autonomía y la continuidad de los pueblos. No habrá protección real del mar si continúan el despojo, la exclusión y la imposición de modelos que rompen la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Sin océanos vivos no hay mañana posible. Y sin pueblos que los cuiden, tampoco.
¡Defender los territorios es defender la vida!






