Este 9 de agosto, Día Internacional de los Pueblos Indígenas, celebramos la vida, la palabra y la lucha de nuestros pueblos. Somos territorio, gobierno propio, memoria y futuro. Pero esta conmemoración ocurre en un contexto que no podemos omitir: la persistencia de la violencia, el despojo y las vulneraciones de derechos humanos continúa poniendo en riesgo nuestra vida, autonomía, pervivencia y permanencia en los territorios.
Desde las montañas, selvas, páramos, ríos, sierras, desiertos, costas y mares sostenemos formas diversas de relacionarnos con la Madre Tierra. Nuestros territorios son sistemas vivos en los que se articulan comunidades, espacios sagrados, plantas, animales, aguas y conocimientos. Los cuidamos y ordenamos desde la Ley de Origen, la Ley Natural, el Derecho Mayor, nuestras autoridades y formas propias de organización. Ejercer esa relación con el territorio es también ejercer autonomía y gobierno propio.
Sin embargo, defender esa forma de vida sigue teniendo consecuencias graves. La violencia contra los Pueblos Indígenas no puede entenderse como una sucesión de hechos aislados. Las agresiones contra autoridades, liderazgos, comunidades y defensores territoriales afectan estructuras colectivas de gobierno, debilitan procesos organizativos y buscan imponer otras formas de control sobre territorios que ancestralmente hemos habitado, cuidado y defendido.
La situación exige que el Estado colombiano responda más allá de medidas posteriores a cada hecho de violencia. Garantizar nuestros derechos humanos implica proteger la vida y la integridad de las comunidades, pero también asegurar las condiciones para ejercer el gobierno propio, permanecer en los territorios y tomar decisiones sobre ellos. La protección debe tener un enfoque colectivo, territorial, diferencial y concertado con nuestras autoridades.
Nuestra memoria también está atravesada por quienes dieron su vida en la defensa de los pueblos y los territorios. En esta fecha honramos su palabra y su legado, no para naturalizar la violencia que hemos enfrentado, sino para insistir en que ninguna autoridad, comunero, comunera, mayor, mujer, joven o defensor territorial debería ser amenazado por ejercer sus derechos. Nuestra lucha es diaria, ancestral y colectiva, pero defender la vida no puede significar seguir poniendo la propia vida en riesgo.
La defensa territorial tampoco puede separarse del cuidado de la Madre Tierra. Para nosotros no es una mercancía ni una suma de recursos disponibles para la explotación. Es fuente de vida, memoria y equilibrio. Cuidarla implica garantizar los derechos de quienes hemos sostenido esa relación durante generaciones y reconocer nuestros sistemas de conocimiento, espiritualidad, cultura, lengua y gobierno.
Por eso, este Día Internacional de los Pueblos Indígenas también es un llamado a actuar. Exigimos garantías efectivas para ejercer nuestros derechos sin miedo, fortalecer la protección colectiva de los territorios y enfrentar las causas que mantienen la violencia y el despojo. No puede hablarse de diversidad, paz o protección de la Madre Tierra mientras defender los territorios continúe costando vidas indígenas.
Seguiremos siendo memoria viva de nuestros ancestros y ancestras, diversidad, pensamiento propio, espiritualidad, cultura y lengua. Honrar nuestra historia y diversidad también exige enfrentar la violencia que amenaza a las comunidades y pueblos y asegurar que el ejercicio de nuestros derechos, la defensa territorial y el cuidado de la Madre Tierra no sigan poniendo en riesgo nuestras vidas.
¡Qué vivan los Pueblos Indígenas del mundo!
¡Defender los territorios es defender la vida!






