En el Día Internacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas, honramos la dignidad de quienes han sufrido el conflicto armado, la violencia estructural y el despojo de sus cuerpos y territorios. Esta fecha no solo convoca a recordar. También nos exige sostener la memoria como una práctica de resistencia, verdad y sanación colectiva frente a las múltiples violencias que han marcado la historia del país.
Las víctimas no son cifras ni registros aislados. Son madres, padres, hijas, hijos, líderes, lideresas, sabedores, sabedoras y defensoras de la vida. Muchos pertenecen a Pueblos Indígenas que han resistido históricamente al olvido, al racismo, a la discriminación y a la exclusión. En sus trayectorias de dolor, resistencia y dignidad se expresa una verdad que el país no puede seguir ignorando.
La memoria de las víctimas nos interpela de manera ética y política. Nos exige reconocer las responsabilidades históricas, rechazar toda forma de negacionismo y asumir un compromiso real con la justicia social, la reparación integral y las garantías de no repetición. Recordar no puede convertirse en un acto vacío ni protocolario. Debe traducirse en decisiones y transformaciones concretas que dignifiquen a quienes han padecido la guerra, el despojo y la exclusión.
Desde este escenario hacemos un llamado al Estado, a las instituciones y a la sociedad colombiana a no reducir la memoria a un acto simbólico ni a una fecha en el calendario. Exigimos verdad, justicia, reparación integral y garantías efectivas de no repetición para las víctimas, en especial para los Pueblos Indígenas que han padecido el conflicto armado, el despojo territorial y la violencia histórica. No puede haber paz real mientras persistan la impunidad, el racismo estructural y las amenazas contra la vida y la pervivencia de los pueblos.
Hacemos también un llamado a una solidaridad activa, tejida con escucha, compromiso colectivo y defensa de la vida. La memoria debe ser una fuerza viva para construir un país donde los pueblos podamos habitar nuestros territorios sin miedo, con dignidad, justicia y seguridad jurídica. Recordar es también defender un presente y un futuro en los que los derechos territoriales sean plenamente garantizados, porque sin su reconocimiento efectivo no hay protección real de la vida, ni permanencia, ni pervivencia para nuestros pueblos.
¡Defender los territorios es defender la vida!






